John Weiss
Allí sollocé sobre el mundo
y sobre la tierra cayó un vacío velador,
de ausencia, de lágrima derribada.
Mi perro murió en medio de la vida,
como una larga espada tendida,
nube cargada de recuerdos luminosos.
Y le vi llorar en el último momento.
Una gota de agua pura de sus ojos
reflejó una infinita pesadumbre,
oscura, cerrada, silenciosa.
Mi grito resonó perdido en el vacío,
desolador, hueco, de mi carne,
y besé sólo su recuerdo desesperado,
su lívida luz que me acogía.
Todavía quiero,
con mi mano tendida,
sentir tu calor y tu risa universal,
mirar esos inmensos ojos negros,
purísimos y nobles,
donde la soledad no existe
y la tristeza es compañía.
Mi perro guardaba palabras
en el corazón – aún sin edad para
pronunciarlas - ,
y las nombraba una a una
en música cargada de esperanza,
de promesas, ondas puras
en un vaivén de mar,
y también de pena convulsa,
desolada, preñada de sombras,
cuando sentía un abandono.
Era un perro, solo un perro era,
me dicían…
Y bajó el misterio oscuro
de la muerte en su mirada.
Allí sollocé sobre el mundo
y sobre la tierra cayó un gran silencio.
