sábado, 13 de diciembre de 2008

NAVIDAD

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)


Qué güepu ye, qué preciosu,
qué devinu ye’l Dios nenu...
y naz nunes fríes payes
d’un portalucu mui vieyu.

Son dos soles los güeyinos
y dos roses los papiellos,
son d’oru los sos ricinos
y sos llabios tan bermeyos
qu’envidia dan a les flores
por nun ser nidies como ellos.

Qué güepu ye, qué preciosu
el Dios que se fexo nenu...
al velu temblar de frío
danme ganes de coyelu,
acoricalu en regazu
y da–y nos papinos besos
y cunta–y esos cuentinos
que gustin tanto a los nenos
mientres ciarra los güeyinos
y va quedando durmiendo.

¡Ay! Jesusín de mi vida,
tú que yes Dios de los cielos
sabes que ye de verdá
lo muncho que yo te quiero.

Mª El vira Castañón González (1922-1989)

domingo, 7 de diciembre de 2008

A un ruiseñor

Fragmento de un fresco de la casa Brazalete de oro, Pompeya.


Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus amores;
canta, que llorará cuando tú llores
el alba perlas en la flor temprana.

Teñido el cielo de amaranto y grana,
la brisa de la tarde entre las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu esperanza vana.

Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus cantares
los ecos sonarán del bosque umbrío.

Y vertiendo dulcísimo desmayo,
cual bálsamo suave en mis pesares,
endulzará tu acento el labio mío.


José de Espronceda (1808-1842)


sábado, 29 de noviembre de 2008

Los collares enfermos

Federico de Madrazo y Kuntz (1815-1894)
Fragmento

Enfermedad marina son las perlas;
pólipos de las conchas nacaradas;
por el iris están amortajadas,
y a nadie da misericordia verlas.

Si deliran las frentes por tenerlas
en collares lucientes engarzadas,
no es porque esplendan de salud ornadas,
sino por ser orgullo poseerlas.

Son tísicas románticas de Oriente
que traen los mercaderes a Occidente,
lo mismo que un comercio de doncellas.

Y, cual cuerda de presas bien seguras,
maniata el collar las perlas puras,
por el solo delito de ser bellas.


Salvador Rueda (1857-1933)

domingo, 16 de noviembre de 2008

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

William Holman Hunt (1827-1910)

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate agora a la ventana;
verás con cuánto amor llamar porfía”!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana!.


Lope de Vega (1562-1635)


domingo, 9 de noviembre de 2008

A la noche

John Atkinson Grimshaw (1836-1893)

Ven, noche amiga; ven, y con tu manto
mi amor encubre y la esperanza mía;
ven y mi planta entre tus sombras guía
a ver de Clori el peregrino encanto.

Ven, y movida a mi amoroso llanto,
envuelve y lleva en tu tiniebla fría
el malicioso resplandor del día,
testigo y causador de mi quebranto.

Ven esta vez no más; que si piadosa
tiendes el velo a mi pasión propicio,
y el don que pide otorgas a mi ruego,

tan sólo a ti veneraré por diosa,
y para hacerte un grato sacrificio,
mi corazón dará materia al fuego.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)

viernes, 31 de octubre de 2008

El campo de batalla

Elizabeth Thompson (1846-1933)
Fragmento

Hoy voy a describir el campo
de batalla
tal como yo lo vi, una vez decidida
la suerte de los hombres que lucharon
muchos hasta morir,
otros
hasta seguir viviendo todavía.

No hubo elección:
murió quién pudo,
quien no pudo morir continuó andando,
los árboles nevaban lentos frutos,
era verano, invierno, todo un año
o más quizá: era la vida
entera
aquel enorme día de combate.

Por el Oeste el viento traía sangre,
por el Este la tierra era ceniza,
el Norte entero estaba
bloqueado
por alambradas secas y por gritos,
y únicamente el Sur,
tan sólo
el Sur,
se ofrecía ancho y libre a nuestros ojos.

Pero el Sur no existía:
ni agua, ni luz, ni sombra, ni ceniza
llenaban su oquedad, su hondo vacío:
el Sur era un enorme precipicio,
un abismo sin fin de donde,
lentos,
los poderosos buitres ascendían.

Nadie escuchó la voz del capitán
porque tampoco el capitán hablaba.
Nadie enterró a los muertos.
Nadie dijo:
“dale a mi novia esto si la encuentras
un día”.

Tan sólo alguien remató a un caballo
que, con el vientre abierto,
agonizante,
llenaba con su espanto el aire en sombra:
el aire que la noche amenazaba.

Quietos, pegados a la dura
tierra,
cogidos entre el pánico y la nada,
los hombres esperaban el momento
último,
sin oponerse ya,
sin rebeldía.

Algunos se murieron,
como dije,
y los demás, tendidos, derribados,
pegados a la tierra en paz al fin,
esperan
ya no sé qué
-quizá que alguien les diga:
“amigos, podéis iros, el combate...”

Entre tanto,
es verano otra vez,
y crece el trigo
en el que fue ancho campo de batalla.


Ángel González (1825-2008)


sábado, 18 de octubre de 2008

Alegría de las vendimias

Blanca María Vega (1965- )

¡Al alba, moza,
que me voy a vendimiar!
Volveré lleno de sangre,
lo mismo que un capitán.

Ya se rebullen las mulas,
ya gallo y lucero están
disputándose las luces.
Ya se rosa el olivar,
nata y manzana, que anoche
pusieras a refrescar,
huelen a noche y a luna
entre geranio y cristal.
Dame el sombrero pajizo
con su cinta; corta el pan,
enciende el farol y baja
a abrirme, al alba, el portal.
¡Oh, qué hermosura de noche!
Dios nos la deje gozar…
Ya entra la luz en las cuadras.
¡Cómo aletea el corral!
Sueña amapolas el pozo.
¡Al alba y al madrugar!
Mozas en colchas de novia
y cómodas con fanal.
Al alba, que está el racimo
ansioso de derramar
su dulce sangre; ¡a los carros
entre relincho y cantar!
Ya pisan niñas descalzas
la sangría del lagar;
ya por la orilla del río
se oye a los mulos trotar.
Te traeré por la noche
garnacha para cenar.

¡Al alba, moza
que me voy a vendimiar!
Volveré lleno de sangre,
lo mismo que un capitán.


Agustín de Foxá (1906-1959)

sábado, 11 de octubre de 2008

Recogiendo la manzana

Nicanor Piñole (1878-1978)

Cómo añoro, mi amigo, la olorosa manzana
que agarré a mis pomares y al pomar del vecino,
bien rodando del árbol a la paz del camino,
una en oro, otra en verde, otra en rosa, otra en grana.

Bajo el límpido orbayo de la alegre mañana
el pinzón en las hojas deshojaba su trino;
pese a mis pocos años, yo era un rapaz caprino
y me olía los aires a doncella aldeana.

Recogiendo manzanas aún recuerdo a la moza,
la de piernas rollizas, que madruga y retoza
y me huele lo mismo que la fruta temprana.

Crucé el mar. Desde entonces voy de un clima a otro clima
sin poder olvidarla, ni quitarme de encima
este olor a pradera y a mujer y a manzana.


Alfonso Camín (1890-1982)

sábado, 4 de octubre de 2008

A un hombre de gran nariz

Sandro Botticelli (1445-1510)

Érase un hombre a una nariz pegado;
érase una nariz superlativa;
érase una nariz sayón y escriba;
érase un pez espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado;
érase una alquitara pensativa;
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más naridado.

Érase el espolón de una galera;
érase una pirámide de Egito;
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.


Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)


sábado, 27 de septiembre de 2008

Napoleón

Jacques Louis David (1748-1825)

Silencio impuso, y le escuchó la Europa;
habló, y su voz fue estruendo de cañones;
marchó, y de sus infantes y bridones
cubrió la tierra innumerable tropa.

Lánzase, nuevo Atila que galopa
sobre cetros y ruinas de naciones,
y es su lecho, en mitad de sus legiones,
la púrpura imperial con que se arropa.

Su madre fue la expiación: su cuna
la mecieron humanas tempestades:
la gloria amó; casó con la fortuna:

No tuvo origen ni dejó heredero…
Vino al mundo a marcarle dos edades…
¡Su nombre pertenece al orbe entero!


Antonio Ros de Olano (1808-1886)