domingo, 21 de marzo de 2010

Cumpleaños

Pablo Ruiz Picasso (1881-1973)


Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mi, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.


Ángel González (1925-2008)

domingo, 14 de marzo de 2010

La silla que ahora nadie ocupa

Iván Quesada

Con la vista clavada sobre la copa
se halla abstraído el padre desde hace rato;
pocos momentos hace rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.

De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada
que alguien, de olvidadizo, colocó en frente.

Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado

por esa idea fija que no se va,
el menor de los chicos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.


Evaristo Carriego (1883-1912)


domingo, 7 de marzo de 2010

Mujer en el andén

Paul Delvaux (1897-1994)

Mujer en el andén, quemando esperas,
en pausado, monótono paseo,
qué callada quietud de mausoleo
alza a tu alrededor densas barreras.

Las horas se suceden, desesperas;
trenes en reincidente martilleo
de frenos, llegan y se van; flirteo
de nostalgia y pesar. Ah, si supieras….

Si supieras que no habrá pasajero
ávido rastreando el hervidero
del gentío, buscando tu semblante.

Si supieras qué tarde es ya en tu día,
cómo viene la noche, tan sombría,
qué distante está el alba, que distante.

Francisco Álvarez Hidalgo

Nota: Gracias a Carmensabes por proporcionarme este cuadro de Paul Delvaux.

domingo, 28 de febrero de 2010

Con tacones altos

David Shterenberg (1881-1948)

Y yo llevaba un gorro
muy moderno. Parecía
una extraña cazuela.
Unos tacones leves y muy altos.
Un abrigo atrevido.
Unos guantes y un bolso de color avellana.
Los labios y los ojos pintarrajeados.
No debía de ir mal.

Las mujeres
volvían la cabeza
para mirar la hechura del abrigo.
Los hombres….

Pero yo,
bajo la piel y aquella vestidura de comparsa,
llevaba otro ropaje de un tejido muy denso. Era de angustia.

Y añoré
mi pelo suelto, mis zapatos bajos,
mi abrigo deportivo,
mi tez morena, solamente al agua.

Tú me veías, Dios. Y cómo hablamos.
Yo te decía
que estaba muy ridícula con todo aquello.
Tú dijiste que si.
Y compartiste
el tan amargo leve movimiento
de mis labios oblicuos.


María Elvira Lacaci (1928-1997)


domingo, 21 de febrero de 2010

Hoy no puedo morirme

Evelyn de Morgan (1855-1919)


Hoy no puedo morirme.
Lo siento, mas no tengo
tiempo para perderlo con tus pequeñas cosas.
He dejado inconclusas
mil emociones nuevas que no admiten demora,
ilusiones tardías que buscan en el alma
rincones donde asirse,
recuerdos que he logrado
rescatar ayer mismo de la esquiva memoria.
Aún debo mis disculpas
a varios conocidos a los que sin quererlo
herí con la torpeza de mi arrogancia altiva,
con el gesto iracundo
o la injusta palabra.
Aún debo aclarar cosas que a menudo me inquietan,
como si Dios existe
o la verdad es eterna,
si fue feliz mi vida, si mereció la pena
tribulaciones, llantos,
tanta renuncia expresa que atrás fuimos dejando.
¡Que no puedo morirme!
¡Me da igual si te empeñas!, tengo fechas pendientes.
Quiero ver como un día trepa la verde hiedra
que sembré la otra tarde a la sombra del patio.
Quiero saber si el nido del árbol de la plaza
que despobló el invierno,
se llena de gorriones allá por primavera.
Y tengo que decirle a mi mujer te quiero
más de doscientas veces,
todas las que el silencio de una manera absurda
me congeló en los labios;
y decirle a mis hijos
que es el amor quien dicta cada paso que he dado,
y saberlos felices en un mundo que luce
fanal de desencantos.
Tengo varios poemas a falta de unos versos,
un corazón que siente,
una mente que piensa,
y unos viejos oídos que esperan derretirse
cuando oigan la dulzura de la palabra abuelo.
Así que ya ves, muerte, no es el mejor momento.
Marcha y vuelve otro día,
cuando pase algún tiempo,
cuando me sienta inútil
y tenga el alma toda repleta de silencios.

Mario Martínez (1949 - )

sábado, 25 de abril de 2009

Terciopelo y seda

Julio Romero de Torres (1880-1930)


De terciopelo y seda era su cuerpo,
pero no lo vio nadie.

La enseñaron, ya desde pequeña,
a trabajar muy duro y no quejarse.
A levantarse al alba, blanca y fría,
a ser ave sin vuelo, flor sin aire.

Un día marcha a la ciudad inmensa.
Allí conoce a un hombre, uno de tantos,
pequeño y arrogante.
Los hijos le vendrán sin desearlos,
sin desear a nadie.

Y seguirá cosiendo y cocinando.
Es su deber. No lo discute nadie.
La vida va pasando lentamente
detrás de los cristales.

La enseñaron a ser el pan que se cocina,
la mesa que se pone, la ceniza que arde,
y así vivió su triste y corta vida,
ignorada e ignorante
de todas las bellezas de la tierra.

Nunca de la pasión de los sentidos
le hablaron. De cómo un beso
puede encender el aire.
Y una sencilla, dulce melodía,
hasta el cielo elevarte.

Un día se durmió en la vieja mecedora.
Para siempre. Sin haber florecido.
Marchita ya la tez, marchita el alma.
Como tantas mujeres innombrables.

De terciopelo y seda fue su cuerpo
y no lo supo nadie.

Pino Betancor (1928-2003)

sábado, 18 de abril de 2009

La cuna vacía

Gustave Henry Mosler (1875-1906)

Bajaron los ángeles,
besaron su rostro,
y cantando a su oído, dijeron:
“Vente con nosotros.”

Vio el niño a los ángeles,
de su cuna en torno,
y agitando los brazos, les dijo:
“Me voy con vosotros.”

Batieron los ángeles
sus alas de oro,
suspendieron al niño en sus brazos,
y se fueron todos.

De la aurora pálida
la luz fugitiva,
alumbró a la mañana siguiente
la cuna vacía.

José Selgas (1824-1882)

sábado, 11 de abril de 2009

Le dijo la brisa al viento

Jacob van Ruisdael (1628-1682)

Tengo miedo de no ver la noche
de no saber cuando a ti me acerco
de no saber cómo es tu rostro
de no saber si debo de permanecer lejos.

Tengo miedo de esas nubes que me traes
desde tan lejos
de esas olas que acompañas en silencio
de esos campos que azotas en silencio.

Tengo miedo de las aves en el cielo
que cabalgan sobre ti al acecho
de esos truenos que son la voz de tu luz
en el silencio.

Tengo miedo de tus dedos retorcidos
que atraviesan los bosques destrozando las
ramas en invierno
de esos cantos ululantes que arrancas de los
árboles al cielo.

Tengo miedo, le dijo la brisa al viento
de no saber si me ahogarás con tus dedos
de no saber si me llevarás lejos
de no saber si alguna vez podré besar el cielo.

Tengo miedo viento
tengo miedo
pero aún así, te necesito, te deseo y te quiero.


Francisco Vila Fuentes

sábado, 4 de abril de 2009

La saeta

Alfred Dehodencq (1822-1882)

I

“Mírale por dónde viene
el mejor de los nacidos…”

Una calle de Sevilla
entre rezos y suspiros…
Largas trompetas de plata…
Túnicas de seda… Cirios
en hormiguero de estrellas
festoneando el camino…
El azahar y el incienso
embriagan los sentidos…
Ventana que da a la noche,
se ilumina de improviso
y en ella una voz - ¡Saeta! –
canta o llora, que es lo mismo;

“Mírale por dónde viene
el mejor de los nacidos…”

II

Canto llano… Sentimiento
que sin guitarra se canta.
Maravilla
que por acompañamiento
tiene…, la Semana Santa
de Sevilla.
Cantar de nuestros cantares,
llanto y oración. Cantar,
salmo y trino.
Entre efluvios de azahares
tan humano y a la par,
¡tan divino!
Canción del pueblo andaluz:
…De cómo las golondrinas
le quitaban las espinas
al Rey del Cielo, en la Cruz.


Manuel Machado (1874-1947)

sábado, 28 de marzo de 2009

El canto del mirlo

Steve Alpe (1959- )

Cántame, mirlo,
necesito creer que el verano no cambia,
que la luz no envejece.
Que soy yo quien opaca la eternidad de agosto,
que yo soy quien la mira
con los ojos cansados.

Pero tú, cántame,
ahora y siempre.

Que al escucharte sienta
que sigo aún en mí
o que, al menos, estuve
ciertamente conmigo.


Aurelio González Ovies