
Hernan Herzog (1832-1932)
Brilla la luna,
vuelan alto las aves,
la oscuridad ya crece.
Shhh, atiende, escucha;
oirás el silencio.
Dos expresiones del arte que pueden viajar juntas

Hernan Herzog (1832-1932)
Brilla la luna,
vuelan alto las aves,
la oscuridad ya crece.
Shhh, atiende, escucha;
oirás el silencio.

Julio Romero de Torres (1874-1930)
Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía…
Cantares…
Quien dice cantares, dice Andalucía.
A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra…
Cantares…
Algo que acaricia y algo que desgarra.
La prima que canta y el bordón que llora…
y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.
No importa la vida, que ya está perdida.
Y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?
Cantares…
Cantando la pena, la pena se olvida.
Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra suerte…
Cantares…
En ellos, el alma del alma se vierte.
Cantares, cantares de la patria mía…
Cantares son sólo los de Andalucía.
Cantares…
No tiene más notas la guitarra mía.
Manuel Machado (1874-1947)

John Atkinson Grimshaw (1836-1893)
No es el otoño, no, quien a los árboles
arrebata sus hojas, que son ellos,
son los árboles mismos quienes ceden
sus hojas a los vientos….
Los árboles desdeñan
la estéril pompa del follaje muerto,
y, con viril austeridad, aguardan
desnudos los rigores del invierno.
¡Saben que sólo así la primavera
los vestirá de nuevo!
Alma mía: estos árboles desnudos
sean para ti ejemplo.
Renuncia, como ellos, a lo vano;
despójate, como ellos, de lo viejo.
Si en ti muere una idea, para siempre
arráncala de ti y échala al viento.
¡Porque son los cadáveres de ideas
la estéril pompa del follaje muerto!
No finjas pensamientos que no pienses,
no sientas con fingidos sentimientos.
Antes que así, desnuda,
resiste los rigores del invierno.
¡Que al cabo tornará la primavera
y a ti también te vestirá de nuevo!.
Enrique Ruiz de la Serna (1887-1956)

Frederic Edwin Church (1826-1900)
Arrojada en los escarpes
de la costa en que halló abrigo,
inválida del naufragio,
veterana del peligro,
la vieja barca se pudre
sobre los ásperos guijos
crujiendo al viento que azota
sus tablones carcomidos.
Al ascender la marea,
el mar, su señor antiguo,
en los brazos de sus olas
la levanta convulsivo,
y entre impetuosas caricias
la habla, rugiendo y magnífico,
de combates y aventuras,
de escollos y torbellinos.
Declina el sol; de la tarde
se aspira el ósculo tibio;
sus penetrantes aromas
confunden brea y marisco;
delante está lo insondable;
más allá está lo infinito,
más allá… más allá el mundo
poblado por el delirio.
… … … … … … … … … …
Columpiada en la rompiente,
sin velas, jarcias ni rizos,
aún siente la vieja barca
la tentación del abismo.
Emilio Ferrari (1850-1907)

Albert Lynch (1851-1912)
Tu gracia, tu encanto, tu hermosura,
muestra todo del cielo, retirada,
como cosa que está sobre natura,
ni pudiera ser vista ni pintada.
Pero yo, que en el alma tu figura
tengo, en humana forma abreviada,
tal hice retratarte de pintura
que el amor te dejó en ella estampada.
No por ambición vana o por memoria,
o ya para manifestar mis males;
mas por verte más veces que te veo.
Y por solo gozar de tanta gloria,
señora, con los ojos corporales,
como con los del alma y del deseo.
Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575)

Manuel de la Rosa Sampedro (1860-1924)
Si al mecer las azules campanillas
de tu balcón
crees que suspirando pasa el viento
murmurador,
sabe que, oculto entre las verdes hojas,
suspiro yo.
Si al resonar confuso a tus espaldas
vago rumor,
crees que por tu nombre te ha llamado
lejana voz,
sabe que, entre las sombras que te cercan,
te llamo yo.
Si se turba medroso en la alta noche
tu corazón
al sentir en tus labios un aliento
abrasador,
sabe que, aunque invisible, al lado tuyo
respiro yo.
Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)

Robert Abbett (1926- )
No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás.
Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

Joseph Mallord William Turner (1775-1851)
Reinaba una ligera brisa,
a no más de cuatro leguas
las barquías,
bregando desde la amanecida
y de vacío.
Viento sur en tierra,
acechante a lo lejos, Noroeste
y llegó súbitamente
la más traidora,
desplomando un murallón de nubes
galopantes, negras.
Contémplalos luchar
arriando la unción,
¡Ay plegaria marinera!
Arreciaban jirones de lluvia
el pecho de la bestia huracanado
hierve espumas la mar arqueada,
cadavérica luz…
de barro la mar,
olas hinchadas
penachos blancos bramando
como montes de agua ronca.
Y en tierra tañen
agónicas las campanas,
al toque detente-nú,
el viento trajo sus voces
desgarradas
¡Jesús y adentro!
Vana esperanza
de pasar la barra,
frágil leño de las olas roto
la quilla hincada entre peñascos.
“El Glorioso San Antonio”
el infierno…
trece pescadores,
valientes que a puerto,
no volvieron.
Mª Antonia Maroto Urones


Cesar G. Pola (1921-1989)
Así te recogí
ya carcomida,
hoja humillada.
Hoja podrida
y destrozada…
Así te cogí
en un sucio charco
del camino…
Así te traje a mí…
¡No! ¡No estás sin vida, no!
porque aún fuiste capaz,
en tus despojos,
de percibir un poco
del calor
que te dieron mis labios
temblorosos…
Así te recogí…
pisoteada…
Así te traje a mí,
milagro del amor,
resucitada…
Cesar G. Pola (1921-1989)